Andaba mi padre apagándose en agosto y coincidí en Galicia con amigos de la adolescencia a los que hacía lustros que no veía. Esto, habitualmente, tiene ventajas e inconvenientes, aunque he de reconocer que todo resultó muy agradable pese a las circunstancias.
Compartiendo cervezas una tarde, y hablando de mi vida actual en Lanzarote, una antigua compañera de batallas me contó que estaba deseando visitar la isla porque “la como-si-fuera-la-madre de mi mejor amiga es consejera-de-no-sé-qué organismo lanzaroteño y nos ha invitado mil veces”.
Yo, con ese sentido del humor tan mío, le sugerí que aceptara la invitación cuanto antes, pues siendo la señora una política local con cargo, era probable que acabara en prisión o, al menos, imputada en alguno de los innumerables procesos por corrupción que estamos viviendo aquí de cerca. A lo que mi colega, así, casi sin inmutarse, me contestó: “No, si ya fueron a sacarla de la cárcel hace un par de meses”.
Es una anécdota, pero muy reveladora de lo que ocurre en nuestro paraíso.
